miércoles, 30 de enero de 2008

Educando a mi hijo en una sociedad cada día más extraña


Hace algún tiempo en una clase de ética mi muy querido profesor nos decía que consumir drogas no era ni bueno ni malo. En ese entonces, todos andábamos en una de creernos dioses y dueños de nuestra vida. Algunos estaban en grupos estudiantiles y se hacían llamar amigos de los del Centro de Estudiantes de nuestra universidad (esos que sin yo nunca entender el porqué siempre buscaban excusas para paralizar las clases, quemar cauchos y saquear camiones amparados en emblemas de reclamos estudiantiles).

Bien, mis compañeros usaban sandalias hechas a mano, ropa hindú y algunas veces iban al salón sin peinarse. Su noción de libertad era amplia siempre y cuando sintieran que podían hacer lo que quisieran. Así que la afirmación de que la droga no era ni buena ni mala les caía de maravilla. Yo, sin embargo, miraba con asombro a mi profesor porque en todas las clases se había empeñado en derrumbar mis preceptos, pero esto era el colmo para mí.

Obviamente, luego de la explicación ética sobre el hecho de que las leyes sociales suelen ser establecidas en función del bien general y toda aquella justificación filosófica quedé convencida de que yo igual nunca consumiría, por lo menos conscientemente, nada que fuese perjudicial para mi cuerpo, pero que era respetable que otro sí lo hiciera siempre y cuando no afectara a la sociedad a cuesta de eso.

Mi profesor dijo algo parecido a lo siguiente: si a alguien le hace bien consumir marihuana en la mañana y trabaja para comprarla, sabe las implicaciones que genera en su cuerpo y lo asume con la responsabilidad de que es dueño de su vida y que está facultado para defender su libertad de hacer lo que le plazca, entonces para él no será mala, pero si por el contrario afecta física, emocional o psicológicamente a su familia, amigos y comunidad, por correr tras un vicio que ni puede controlar ni costear, entonces la droga será mal para él. De allí, que se prohíba su consumo y se le tilde de mala socialmente; pues, generalmente el consumirla termina afectando a la sociedad cercana al consumidor.

Esta enseñanza ética me marcó significativamente, luego en estudios avanzados de filosofía encontraría razón a las palabras de mi profesor de ética.

Hoy, ya distante de mis asombros juveniles me consigo madre de un niño de siete años a quien debo educar explicando y justificando los por qué más insólitos que se le pueden ocurrir a esta edad. Un día me enviaron unas imágenes de la degradación física de Whitney Houston y se las mostré a mi hijo quien salió asustadísimo sobre lo que le puede hacer el consumo de drogas a una persona. Me reí bajito cuando salió del cuarto recordando cómo yo también me había asustado, con el doble de su edad, al ver una vieja propaganda televisiva en la que se veía la progresiva degradación que sufría un joven consumidor de drogas.

Desde que mi niño comenzó preescolar, entre las muchas observaciones que le he hecho, están: que no se acerque a extraños que lo llamen, que no crea en regalos ni caramelos gratis, que no coma nada que no le demos sus padres o la señora que lo cuida. Sé que le transfiero mis miedos, pero soy madre imperfecta y lo asumo. Obviamente, para cumplir mi tarea en la tierra le explico todo acerca de los raptos infantes y el daño que hace la droga y aprovecho para tal fin cualquier anuncio que diga que las drogas destruyen. Entonces le digo: ¡Ves hijo!, las drogas son malas.

Desde hace menos de una semana me ha rondado una preocupación que nació hace seis años en un salón de octavo grado en el que dos alumnos pretendían caerse a golpes en mi clase de literatura.

Cuando somos docentes estamos al frente de situaciones inimaginables y cada palabra nuestra pesa, razón por la que se debe cuidar mucho el vocabulario y el contenido. Una palabra tuya bastará para sanarme dijo un leproso a Jesús. Nada más visual que esta expresión para ejemplificar el poder de la palabra en todo el que ostenta poder y en un salón de clases la palabra del docente es sagrada porque él representa el poder. De allí la expresión de los niños al porfiar con los padres “eso es así porque lo dijo mi maestra”. La palabra de un docente bastará para dar razón, justificar, condenar, traumatizar, estimular, entre otras, pero siempre marca, determina y acarrea consecuencias.

La discusión entre mis dos alumnos se había convertido en amenazas de golpes porque uno le dijo al otro que era un pendejo. En los zapatos de modelo les pedí que se sentaran e intenté aclarar el problema y que se disculparan mutuamente porque al final ambos se habían ofendido llamándose pendejos. Fue en ese contexto que el más molesto de los muchachos, el que había comenzado la discusión, me dijo que él no pediría disculpas porque pendejo no era una grosería ni una ofensa para nadie porque el mismo presidente de la República había llamado pendejo a alguien en una alocución. Ante ese argumento deseaba que la tierra se abriera y me tragara, me encontré muda por un lapso de dos o tres minutos que, como siempre en estas situaciones, parecen eternos porque tienes al frente cuarenta y cinco personitas esperando tus palabras y yo juro por Dios que no sabía qué decir. Como salvador emergió en mis labios Rosenblat con un discurso improvisado y nervioso de buenas y malas palabras.

Ese evento se me convirtió para entonces en el tema a analizar con mis compañeros de trabajo y desde entonces escucho con cierta frecuencia al presidente y sus subalternos. Obviamente, siempre fluctúo entre darle la razón u odiarlo. Pero ya no tengo un argumento sólido con el cual explicar sus barbaridades que parecen más una conversación entre amigos que las palabras del dirigente de un país.

Nunca he entrado en debates, ni siquiera entre mis amistades más cercanas, sobre la política implantada en el país y me ahorro los problemas detrás de la excusa de que el voto es secreto, pero la semana pasada el presidente reafirmó una locura que había dicho días atrás en cadena nacional y que yo le pido a nuestro creador que no llegue a oídos de mi niño y de ningún otro porque no todas las madres de este país estamos preparadas para producir explicaciones coherentes sobre el hecho de que la coca, masticada públicamente por nuestro presidente, y la pasta de coca, que confesó que consumía a diario, no hacen daño y no son drogas.

Pregunto, cómo le digo a mi niño de siete años -que está cual esponja absorbiendo toda información- que la pasta de coca (inicio de la futura cocaína) no hace daño porque el presidente la consume y tiene músculos y se le ve bien. Estoy en crisis, lo confieso. Ya no hay clase de ética, argumento filosófico o imagen de drogadicto que mostrarle a mi niño. Él ve al presidente sano y risueño diciendo que recomienda masticar coca y consumir la pasta y yo me encuentro planificando un argumento más válido que el de él, quien no parece darse cuenta que afecta la vida de miles de niños y jóvenes con su ejemplo.

Es HORRIBLE el embarazo, pero es lindo mi hijo - Parte III



Yo, mi mega panza y el terror de parir. Cada una o dos horas me venía a la mente el evento “parir”... entonces comencé a mentalizarme. Ya era demasiado molesto todo este fenómeno de la naturaleza para tener que enfrentar un parto. No era sólo cobardía también había algo de dignidad por la estética. La negación y mi energía confabularían con el cosmo para el no-parto.
Todo salió a pedir de boca. Mi pelvis no debía ensanchar y no ensanchó. Una radiopelviometría indicó que no podría parir sin morir en el intento. Y mi sonrisa se dibujó ante esa noticia.
Fijé el día que deseaba que naciera mi chamo. Aún el “amor materno” no asomaba. Escogí un miércoles 15. Pensé en las fiestas y los regalos. Por qué no decirlo. Me resisto a la idea de mentir sólo para que el mundo crea que lo escogí porque era un día especial astrológicamente o porque según el Feng Shui era el indicado para tener un hijo fuego, metal o madera. Sí, lo escogí porque yo nací un siete de enero y todo el mundo está con la resaca del 31 de diciembre y los bolsillos vacíos. Mi hijo debería tener mejor fortuna para sus cumpleaños. También confieso que no deseaba que se me presentaran los dolores de parto para que me hicieran la cesárea de emergencia.
No sé si fue olvido de las enfermeras, pero entré maquillada a quirófano y no me quitaron ni siquiera el labial.
Mi esposo, a quien había rogado durante meses que entrara conmigo al quirófano, tuvo dolor de estómago. ¡Qué casualidad! Una inyectadota que habían descrito como algo terrible me pareció mejor que los gritos del parto. Lo único notorio de la operación fue que se me bajó la tensión y tenía muchas ganas de vomitar. Le dije al doctor “tengo nauseas” y me respondió que era mi tensión. La explicación no valió de mucho porque sentí que la cabeza me daba vueltas. En medio del mareo apreté muy fuerte la bata del anestesiólogo y éste tratando de soltarse me decía que lo iba a contaminar. ¡Caramba! Estaba preñada no leprosa, pero igual me amarraron ambas manos de unos brazos metálicos que salían de la camilla, cual loca de psiquiátrico, y me inyectaron una dosis exacta de algo que indicó el médico. Aunque no lo creas esto parecía una escena montada para una telenovela de mediodía –de esas que transmite el canal… (aquí vale el pitito de censura).
En el proceso de sacar al chamo el médico, al mejor estilo de Chita, casi se me monta encima porque tenía al niño incrustado en las costillas. Incluso se torció un dedo de las peripecias que hizo. Sentí todos los movimientos e imaginaba cuanto hacían dentro de mí. Recuerdo un ardor indescriptible y le pregunté al doctor el porqué. Éste, maestro de la obstetricia, me explicó que estaban lavándome.
Ya mi chamo era bebé y no lo escuchaba. En pleno quirófano pregunté por mi hijo y me informaron que lo estaban bañando. Me habían sacado al muchacho y ni lo veía ni lo escuchaba. Allí comprendí qué era eso del “amor maternal”.
La desesperación se apoderó de mí. “¡Quiero ver a mi bebé!”… ”¿Dónde está que no lo oigo?”… las preguntas se repetían y estaban a punto de hacerse gritos… Quería ver a mi hijo. Había pasado nueve lunas imaginándomelo y no me lo mostraban. Sabes de sobra cómo actúa la imaginación en momentos de incertidumbre. Uno también tiene derecho a las telenovelas de mediodía.
El pediatra –vale que lo describa como en el modernismo “todo sonrisa de mejillas coloradas y tierna mirada”- se acercó y me preguntó si quería que lo nalgueara para que lo escuchara, “está bien, espera”. Una madre necesita ver a su hijo antes que lo bañen. Una madre quiere contarle los dedos de las manos y los pies y saber que el muchacho está completo. Cuando finalmente me lo mostraron los ojos se me llenaron de lágrimas y la voz se me quebró cuando lo llamé por su nombre. Mi niño me miró o por lo menos sus ojos buscaron mi voz. ERA MI HIJO. MÍO DE VERDAD. Recuerdo que le dije “Te amo hijo”. Yo, la que dudaba de mi amor hacia el chamo en ese momento supe que era lo que más amaba. Lo besé con cuidado -porque ya te señalé que estaba maquillada- y le toqué las diminutas manitas. Tenía sus deditos completos y no sé por qué fue un alivio en ese momento. Era muy rosadito, casi rojo; su cabello era abundante, negrísimo y con raíces blancas augurando su posterior rubio. Sus ojos muy azules y ese olor a bebé que ninguna colonia logrará imitar. Disculpa mi trance romanticista-modernista.
En la habitación no dejaba de mirarlo sorprendida. Era hermosísimo y era mío. Lo que pasa es que al único recién nacido que había visto en mi vida fue a la hija de mi amiga Tania. Un embarazo misterioso y oculto que algún día te contaré y que se estaba pasando de la cuenta y del desamor. Mi ahora ahijada era tan fea que me asusté. Recuerdo las primeras palabras de aliento a mi amiga, quien tenía expresión de odio, “Tania: ¡parece un extraterrestre!”.
El niño estaba allí y tenía más emoción que despertar de muchachito el 25 de diciembre. Ya en ese momento no recordaba el trauma de la panzota.
Al día siguiente subí tres pisos para llegar a mi apartamento, ¡claro! no fue corriendo. Pero los subí con tranquila valentía ¡Cómo hay mujeres dramáticas y teleculebronas en este país! Meses después de mi parto charlé con una ex compañera de la universidad a la que también le habían practicado una cesárea y la muy “Corín Tellado II” llamó a los bomberos para que la subieran. Eso, desde mi punto de vista, es una exaltación a la debilidad femenina, pero como los bomberos apagan tan pocos incendios sienten justificado su trabajo cuando bajan un gato de algún árbol o participan de un montaje dramático como el de esas mujeres que nunca llegarán a Diosas. Es obvio que creo que la flojera-cobardía y la actuación se unen en una buena pieza teatral. Ciertamente hay mujeres a las que les va muy mal, pero la mayoría hacen de esto un mito para que se compadezcan de ellas y le hagan todo. Una mujer recién parida, a través de cualquier método, necesita colaboración y apoyo, pero tampoco es preciso llamar a los bomberos ¡eh! Quizá todo el blablabla de esto venga por las operaciones-carnicerías del pasado, pero la ciencia avanza.
Continúo con mi historia verdad-verdadita para que las exageradas no me linchen. Tengo que proteger mi vida.
El itinerario fue el siguiente: dolores de cesárea que aguante como toda una mujer grande. Llanto nocturno que no me dejaba dormir. Primer baño temblor en el que luchaba para que el niño no se me resbalara y muriera ahogado en la bañera que resultaba enorme para esos menesteres de primeriza asustada. Hinchazón de vientre y caminar lento por las advertencias de “se te van a salir los puntos”. Esposo-ojeras comprensivo que cargaba a niño en almohada por temor a que se le cayera –ya parezco Luis Britto García. Amamantar.
Esto último debo contártelo porque fue la mayor decepción luego del paso feto-bebé. Dos semanas antes del nacimiento de mi hijo comencé a botar un líquido blancuzco de mis ENORMES senos. Había leído que éste líquido llamado calostro era muy bueno para los niños y en mi ignorancia tenía temor hasta de rozarme los senos para que no me saliera. Lo recuerdo y me da risa. Pero el líquido salía sin que yo hiciera nada y debo confesar que me preocupaba dejar a mi hijo sin calostro (creí que se agotaría antes del nacimiento). Olía tan feo que baño-cambio de ropa era todo mi trabajo diario. No había talco o loción que lo ocultara y en mi avanzada condición de insoportable todo me parecía horrible.
Horas después de la cesárea mis senos habían doblado el ya enorme tamaño que habían ostentado hasta entonces y parecían tener fiebre ¡Pobre Yuyito! Había lidiado dos semanas con calostro y el día que mis senos debían funcionar se les antojó llenarse hasta reventar sólo para demostrarme que podían seguir creciendo. Gracias a pañitos caseros y unas pastillas la leche comenzó a bajar un poco sino aún tendría 8 kilos de senos.
Cosa más horrible amamantar los primeros días. Mis pezones, sólo acariciados en el acto sexual, eran vilmente succionados por una miniaspiradora humana. ¡Qué sufrimiento! Cuando el niño lloraba de hambre yo lo hacía de imaginar el dolor. Lo peor es que casi no hacía pausas para respirar y mamaba y mamaba. Los pezones se me agrietaron a punto del sangramiento y los amigo-visitas decían “debes darle leche materna”, “es lo más sano y económico”… Majaderías. Pero, ni modo, quién se acuerda del embarazo al mes de parir. Tanto es mi olvido que siete años después ya quiero otro feto-panza-canoa… ¡Vivan las mujeres y su coraje porque si fuera por los hombres… mejor ni hablar de esos maravillosos caminantes!

Es HORRIBLE el embarazo, pero es lindo mi hijo - Parte II



Los senos durante los cuatro primeros meses se me pusieron de un hermoso silicón que sólo en quirófano son posibles. Pero los que en otrora fueron pequeños, y quizás dulces, naranjas puestas justo en su lugar crecieron cual melones. Parecía que iban a explotar y, aunque yo no sentía el peso, me hacían caminar media encorvada.
Igual ocurrió con mi vientre. Compré ropa lindísima, dignas de una embarazada contemporánea. Los halagos sobre mi hermoso rostro y cabellos no faltaron nunca, pero, ¡por Zeus!, mi esbeltísimo abdomen comenzó a crecer hacia el sexto mes de una forma tal que no podía verme la vagina. Sólo cuando me bañaba sabía que estaba allí.
Después de ser flaquísima me veía con todo grande. Todo era asombro y horror. Usé las mil cremas que podía y éstas se me derretían por el exceso de calor externo e interno. Vitaminas para el niño y para mí. Pero un día entre la curiosidad de ver toda mi panza y lo alto que me quedaba el único espejo que tenía decidí bajarlo para mirarme. Con horror observé que mi vientre, invisible para mí desde la óptica de mamá, estaba lleno de rayas horizontales color rojo intenso. Casi vino tinto. Me sentí traicionada por la publicidad de las cremas que usaba y por las casi cuarenta revistas “para mujeres embarazadas” que llevaba leídas. Porque era una embarazada instruida.
Mi expancita parecía el mapamundi con todas sus divisiones territoriales y yo desde arriba me untaba religiosamente tres cremas diarias exactamente tres veces al día. Nadie le cuenta a uno que hagas lo que hagas los vientres lisos son sólo los de las fotografías y las actrices que parecen tener un equipo de apoyo para estar bellas antes, durante y después. ¡Qué ilusa! El asunto es una cuestión de piel. Algunas pieles resisten el estirón de la gestación sin recuerdos y otras quedarán escondidas para toda la vida.
Ante tal descubrimiento no podía creer nada. Parir en agua, de pie, sin dolor o a punto de pitocín no era para mí. Lo decreté. Miraba las revistas y veía mujeres pariendo y con una sonrisa. ¡Mentirosas! Entonces comencé a justificar las casi leyendas de las mujeres que supuestamente gritan e insultan durante el proceso de parto. Yo no pariría a mi chamo. Necesitaba una cesárea. No me imaginaba entrar y llorar del dolor para tener un hijo.
Mi esposo-anulado por mi asco prenatal (porque, aunque parezca cuento de camino, es absolutamente cierto eso de los antojos y los ascos. Siempre los puse en duda hasta que casi lloro una noche por una piña y toda una semana por una hallaca... que luego devolvería en vómito) apuntaba al parto por un asunto de economía. Desde el fondo de mi corazón odiaba su despiadada practicidad. Él pensaba en el vil metálico y mi suegra y mi madre –siempre pensando en la cesárea vertical y carnicera de antaño- aconsejando el parto por ser un acto natural y de más rápida recuperación. Mientras, yo me imaginaba mi cara desfigurada por el dolor, las solicitudes de “puja que allí viene”, “debes ser valiente” y esas expresiones que he oído en las series televisivas donde las mujeres paren heroicamente y a los dos capítulos ya tienen un cuerpo escultural.
Lagrimeaba en silencio la muerte de mi cuerpo juvenil y me daba vergüenza reconocer ante mí misma que sí me preocupaba cómo quedaría al final de ese larguísimo tiempo. Debo señalar, es preciso que alguien lo diga, que en torno a la mujer embarazada se han creado mitos que crecen en el imaginario colectivo. “Una mujer embarazada es un templo”. Esa expresión la escuché hace mucho a un poeta medio aguardentoso. En aquel momento no entendí lo que quiso decir, pero ahora que me veía con aquel sobrepeso eran las únicas palabras valiosas que evocaba y me acompañaban en mis molestias.
Las embarazadas deben exhibir y sentir su panzota como una gloria, un honor de dioses. Hay que negar los desagrados, pues, las quejas harán que el niño sienta rechazo y los oídos cercanos se vuelven crítica.
Todo el mundo está presto a sobarle la panza a una embarazada y decirle lo rápido que ha pasado el tiempo. Ella, sonrisa colgate, debe aceptar las manos de cualquiera sobre su vientre (el cual jamás dejaría tocar en estado desinflamado). Todos suponen el estado embarazoso un éxtasis. Nadie comprende a esas mujeres que sonríen sólo por necesidad social.
Cómo deseaba que alguien se apiadara de mi y me dijese algo como “amiga te comprendo; es horrible estar embarazada”. Ni hablar del fulano “amor materno”. Quién habrá inventado el termino-obligación “amor materno”. Yo no niego que exista, pero esa exageración de que uno está embarazada y siente algo especial, es eso, una exageración que en mi caso no existió y ¡vaya si amo a mi chamo! Tener un hijo dentro es como tener el corazón o el estómago. Yo no he escuchado que alguien sienta algo “especial” por el colón o los riñones. Ese “feto” -aunque me da prurito llamarlo así - se me movía abruptamente y la forma redondeada que tenía durante el día cambiaba aproximadamente unas 10 veces durante la noche –mis noches de insomnio- convirtiéndola en panza-canoa, panza-banana, panza-etcetera.
Leía todo cuanto de bebés se tratara. Tejía, bordaba, adornaba, pero la piel me ardía; debía dormir medio sentada porque era imposible acostarme; tenía unos calores horribles y asco por mi esposo, que ya te mencioné y debo decir que sólo soportarme lo hace merecedor de un trofeo. Escuchaba en la clínica mujeres que hablaban maravilla de sus barrigas y yo sufriendo la mía. Confieso que a nadie osé preguntarle sobre “el amor materno” porque ése se da por condición sine qua non. El asunto es que yo leía y trataba de convencerme que amaba a mi hijo-barriga. Le suplicaba a Dios que fuera un niño sano, hermoso y con mucho cabello (porque no quería un niño calvo). Le hablaba. Le escogí un nombre distinto al de su padre. Nada de estar repitiendo nombres y karmas. Me sentaba una hora diaria a oír música clásica para desarrollar su cerebro desde el vientre y escuchara algo distinto al vallenato que indefectiblemente colocaba mi vecino todos los fines de semana (perdón si ofendo tus gustos musicales). Pero yo no sentía nada de eso llamado amor maternal. Mi preocupación creció el día que decidí arriesgarme a la censura pública y le pregunté muy bajito a mi mamá cómo ella había sentido amor por cada uno de nosotros cuando aún no nacíamos. La explicación producida, dirigida y muy bien dramatizada por mi madre me dejó aterrada. Yo era una mala madre. Definitivamente no sentía nada de eso en el corazón. Era un decreto: yo no sentía “amor maternal”. Tuve un par de días dándole la vuelta al asunto y no sabes cómo entendí a las mujeres que regalan los hijos al nacer o las que lo abandonan en una caja en cualquier sitio. Además de locas, ellas no sienten “amor maternal”.

Es HORRIBLE el embarazo, pero es lindo mi hijo - Parte I



Todo un acontecimiento. Decidí ser madre. El intento sería bueno y auguraba una dosis de amor exagerada, diaria y tal vez con repeticiones. Qué más puede anhelar una mujer que fue educada para ser buena y ejemplo eterno de todo aquel que fuera naciendo.
El asunto de mi decisión no lo voy a contar. No quiero que mi hijo lea esto cuando tenga catorce años y piense que es producto de un arrebato loco de su madre. Pero lo cierto es que trabajé arduamente durante un mes en el intento. La primera noche me boté. Creí que una botella de vino, una buena comida y algunas ganas imaginarias serían suficientes. Pero una semana después el examen decía NEGATIVO. Tal vez una adolescente sería feliz después de una aventura si hubiera visto el resultado. Yo me sentía frustrada. Mi hijo era una excusa razonable para mantenerme casada con ese muchacho que luchaba por ser cabeza de hogar sin grandes avances, porque yo seguía siendo yo y él no lograba que bajara la mirada con tristeza como su madre y todas las mujeres de su familia.
Dentro de mí había un gusto extraño en derribar sus intentos por doblegarme. Cómo se le ocurre a ese muchacho con cinturón de vaquero de comiquita anular el eco de mis mujeres. Las que habitan en mí. Si mi abuela no soportó al llanero solitario de su primer esposo y lo dejó a pesar que el “bachiller” de comienzo de siglo XIX le quitó a sus cuatro hijas mayores. ¡Esa sí que era brava! Se iba en burro de una ciudad a otra para ver a sus hijas, mas no permitiría que él la tocara nunca más (Por eso no tolero a las cobardes que se dejan pegar por los maridos. Toda la culpa recae en psicólogos costosísimos que pretenden que el Estado les pague y luego regresan con los cavernícolas dándose excusas que no convencen a nadie).
Este muchacho esposo mío empeñado en ser jefe cuando no era más que un dibujo que se movía porque yo le daba espacio. ¡Pobre hombre! ya me di autocuerda en lo que me he impuesto un secreto “sus defectos”.
Los días escaseaban mi entusiasmo y pasado algunos me dije que no lo intentaría hasta el año siguiente. Bastó eso y ¡zas! Una noche fui sorprendida en los brazos de Morfeo y entre unos besos sin gusto y unas ganas inexistentes concebí a la luz de mis días. Es demiúrgico el asunto. En medio de la penumbra hay una luz. Mi hijo mancha de sangre en un papel de fotografía estaba en la pancita y yo ni por enterada me di.
El primer eco de cuatro semanas debía mostrar en el vientre una redondez blanca del tamaño de una arveja en medio de la oscuridad que era la matriz. Mi hijo no llegaba a eso y aún no podía recibir el nombre de “feto”. Cuando el doctor me lo dijo recordé el día que mi amiga Tania parió a su “feto”. Sí, así decía el papelito que le dieron para salir del hospital; el cual, por escasez o ahorro, no llegaba a media página. Decía: “Tania... ha parido un feto vivo”. Tanta sutileza hospitalaria me ha conmovido desde entonces.
Como todo en la vida había dos alternativas. Esperar un aborto o consumir hormonas. Ahora que veo a mi hijo sonreír con tanta ternura, llamarme mami linda y echarme vaina todas las noches pidiendo agua, justo en el momento en que apago las luces y poso mi cabecita cansada en la almohada, le agradezco a Dios mi elección. Total, ya no quería tenerlo... lo había postergado para luego, pero él llegó, luchó la carrera de obstáculos y merecía la mía ahora.
Como ves hablar de mi hijo me enternece. Pero el embarazo no fue nada tierno.